• Miguel Angel Cano Santizo

Autostop, filosofía de pulgar

Con tan solo una sonrisa, el pulgar de mi mano derecha y una pizca de paciencia, en el 2009 recorrí el sur, costa oeste y norte de Francia, comenzando en Girona y acabando en París, un año más tarde viajé desde el norte de Perú hasta Bogotá cruzando todo Ecuador y el Sur de Colombia, después pasé un mes recorriendo el Tíbet, más tarde visité cada uno de los 11 países de Los Balcanes, también a dedo, además de otras aventuras varias como pasar tres semanas explorando Indonesia o tenerlo como forma habitual de viaje mientras vivía en Grecia, Croacia y Canadá. Amante de rutas intuitivas e improvisadas y viajero de caminos inciertos, poder disfrutar de conocer y descubrir personas de manera aleatoria se ha convertido en ingrediente fundamental de mis viajes, dicho esto me declaro oficialmente amante y seguidor acérrimo del autostop, auténtica filosofía de pulgar.

Rumbo a Ottawa, autostop en Canadá

Lo denomino filosofía porque para mí tiene una serie de factores y valores que lo convierten en tal, comenzando por supuesto porque su concepción es totalmente individual y personal. En mi caso, si decido que autostop sea el medio de transporte durante un viaje, me exijo no gastar ni un céntimo en desplazamientos y que todos se realicen andando o a dedo. En ocasiones he caminado durante muchas horas sin que ningún vehículo se detuviera, pasando frío o incluso viéndome forzado a dormir en lugares nada atractivos. No obstante, antes o después el azar siempre vuelve a golpear a favor y cuando situaciones increíbles suceden en el futuro, nunca olvido el camino que me ha llevado allí. Esta tesitura me ha hecho desarrollar la certeza de que al viajar es irrelevante cuanto camines y no tiene sentido desesperarse, pues cuanto más te alejes más te estarás acercando a otro lugar.

Autostop en Indonesia

Camiones, motocicletas, tractores, rancheras, deportivos, caravanas o incluso barcos, practicar autostop no solo me ha permitido viajar de forma habitual prácticamente sin presupuesto, sino que además me ha regalado aventuras, anécdotas y amistades inolvidables. En Ecuador, acabé durmiendo en iglesias de pueblos perdidos de montaña; en el Tíbet viajé en la parte de atrás de una motocicleta conducida por un monje; en Colombia ante una disyuntiva de caminos, decidí tomar el más corto y resultó que me adentré en la selva amazónica y acabé en un poblado indígena; en Bosnia viajé con una cantante de la ópera de Budapest, que de buena gana me hizo una demostración dentro del coche (poniendo a prueba la resistencia de los cristales); en el Oráculo de Delfos (Grecia), de noche y tras varias horas, por fin se detuvo un coche y resultó que al conductor lo acompañaba en el asiento de copiloto, con el cinturón abrochado… ¡un osito de peluche! Por supuesto no podía dejar pasar tal oportunidad, subí a bordo y acabé visitando con el chico una auténtica boda griega, tomando copas en un exclusivo bar junto a los espectaculares monasterios de Meteora y durmiendo en su casa vistiendo un pijama de seda azul tras deleitar la deliciosa cena griega que preparó su madre. Y estos son solo algunos ejemplos.

Autostop en el Tíbet a bordo de un tractor

Si bien es cierto que practicar autostop es un ejercicio que conlleva exponerse a correr riesgos que están ahí fuera, por lo que es necesario tener todos los sentidos e instintos despiertos a fin de minimizar las posibilidades de tener que enfrentarnos a una situación inoportuna. Aunque pueda sonar reaccionario, mi consejo es que una chica nunca practique autostop en solitario y que lo haga, a ser posible, acompañada de un chico. Desafortunadamente he conocido gran número de casos que apoyan esta opinión.

Autostop en la frontera hacia Francia

Una circunstancia que suele aparecer al viajar, sobre todo cuando se hace en solitario, es que se agudizan nuestros instintos naturales, por lo que frecuentemente supone una buena decisión seguirlos sin titubear. En decenas de ocasiones, mientras hacía autostop, se ha detenido un vehículo cuyo conductor, por cualquier motivo, no me inspiraba confianza y, tras agradecer que se detuviera, he seguido caminando sin más. Tal vez mis sospechas eran infundadas, pero cuando se viaja cualquier gesto que minimice los riesgos automáticamente maximiza las probabilidades de que nuestra aventura sea un éxito. Así mismo, cuando se tiene un buen pálpito hacia el conductor, estimo que hay que subirse a ese vehículo, aunque insistan en que solo nos pueden llevar unos kilómetros o vayan en otra dirección, al fin y al cabo, viajamos para correr aventuras y la felicidad no está en el destino sino en el camino, ¿no? En Francia, un hombre mayor que conducía junto a su esposa nigeriana, tras detenerse y preguntarme por mi destino me comunicó que tan solo podía llevarme unos 5 kilómetros, pero me dio tan buenas sensaciones que subí de todos modos. Acabé en un camping con ellos cocinando, de barbacoa junto a su auto caravana de la que, al llegar al camping, comenzaron a salir de uno en uno y hasta nueve, todos los hijos de la pareja, altos y bajos, blancos, negros y mulatos, de pelo liso, largo y rastafari… los 9 hijos completamente diferentes, ¡como si de una comedia se tratara! Ojalá hubiera una fotografía que atestiguara la cara que se me quedó en aquella situación, pues hizo reír a carcajadas durante varios minutos a la familia al completo…que en este caso no es decir poco.

Autostop en Asia

Cuando la gente me pide consejos para viajar lo primero que les respondo es que lo fundamental es conocerse a uno mismo, pues hay tantas formas de viajar como personas en el mundo, por lo que siempre aconsejo pasar tiempo estudiándose y conociéndose a fin de desarrollar una modalidad de viaje que se ajuste a cada uno. Si eres del tipo de viajeros que considera fundamental poder conectar con otras personas y disfruta el camino sin prisa ni guion y que, tal vez la filosofía de pulgar sea la tuya, pues solo eres completamente libre cuando no sabes dónde vas...y no te importa absolutamente nada.

Autostop en Colombia

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