• Miguel Angel Cano Santizo

Los Lagos de la Certeza

En uno de mis últimos viajes visité Nepal para filmar y fotografiar sesiones de meditación además de extender mi visa de trabajo para Tailandia, motivo este último por el cual debido a un contratiempo finalmente tuve que ampliar mi estancia en el país de nacimiento de Buda. Así, tras terminar mi trabajo con las sesiones de meditación en Katmandú, resultó que de repente disponía de dos días extra en el país, por lo que sin pensarlo dos veces y a pesar de estar a doce horas de camino en autobús, enfundé mi cámara y mi mochila y puse rumbo al místico lugar que protagoniza una de las canciones de Héroes del Silencio, los Lagos de Pokhara.

Me dijeron que la mayoría de turistas eligen el taxi como medio de transporte y otros un autobús de alta gama, pero yo, fiel a mi estilo, viajé de la manera que lo hacen los locales, que en este caso se trataba de un autobús cochambroso. Llegué ya de noche tras una odisea de viaje por caminos de montaña y me dirigí andando directamente al lago con el fin de estar en posición para cumplir el objetivo por el cual me había desplazado a Pokhara: fotografiar los lagos al amanecer y al atardecer desde la mejor localización posible.

Como siempre, puse la responsabilidad de mi tarea en manos de la sabiduría local, preguntando a varios habitantes autóctonos que coincidieron en que sin duda el mejor lugar para situar mi cámara era la cima del monte Sarangkot, situado a la vera del lago Phewa. Así pues, encontré una habitación barata en el último hostal de la calle junto al lago lindando con la base de la montaña y tras dormir unas cuatro horas, a las tres de la mañana estaba ya en pie para comenzar mi desafío y tratar de alcanzar la cima situada a 1,700 metros de altura a tiempo para fotografiar los lagos al amanecer.

Los locales me habían dicho que había un camino para subir, así como facilitado algunas instrucciones básicas. Aun así, pregunté también a unos camioneros que estaban despiertos ya a esas horas y me indicaron la dirección que debía seguir para subir la montaña de forma más o menos apacible por el sendero que conducía directamente a la cima.

Sin embargo, era totalmente oscuro, tan solo tenía la luz del móvil que me prestaron para mi trabajo en Tailandia y, al comenzar a subir la montaña, el camino se bifurcaba en varias direcciones, por lo que seguí mi instinto, elegí uno de ellos y comencé a subir. Tras una hora de escalada con una dificultad media en la densa oscuridad de la noche, comencé a percatarme de que no estaba subiendo por el sendero, ya que gradualmente el camino se fue complicando y la maleza haciendo más y más espesa. Pero ya era tarde para dar marcha atrás, pues si lo hacía no llegaría a tiempo a la cima para fotografiar el amanecer y eso significaría perder mi desafío con la montaña, así que seguí escalando guiado por mi intuición y la leve luz que emanaban las estrellas, así como en ocasiones la luz del móvil…que paulatinamente se iba quedando sin batería.

La pendiente se fue haciendo más pronunciada y la maleza convirtiendo en zarzas afiladas que me atrapaban, arañaban y hacían de cada paso una auténtica lucha. Estaba perdido a media noche en mitad de la montaña tan solo intuyendo hacia donde estaba la cima. Mis manos estaban sangrando, mis energías se iban agotando y la cima parecía estar cada vez más lejos. Por si fuera poco, cada vez que me detenía la maleza se agitaba a unos pocos metros de mí, dando la impresión de que se podía tratar de algún animal salvaje al acecho. Así, comencé a delirar y concebir mi desafío como si de una metáfora de la vida convertida en lección se tratara: cuando todo es oscuridad el más ligero rayo de luz puede alumbrar lo justo para avistar el camino; a veces un paso atrás sirve para dar varios hacia delante de forma certera; cada vez que caes y te levantas te sientes más fuerte pero también estás más cerca de no tener fuerzas para levantarte de nuevo, y, sobre todo, que camino se llama a todo aquello que nos lleva a nuestro destino.

Llevaba ya tres horas escalando y comenzaba a notarse cierta claridad en el cielo avisando que el sol estaba en camino para atender a su cita diaria con el amanecer. Ya no tenía batería en el móvil y subía prácticamente a ciegas luchando con mis manos desnudas y sangrantes por deshacer los muros de zarzas que se imponían en mi camino. Y cada vez me detenía, algo se agitaba bruscamente en la maleza tras de mí… Estaba totalmente desfondado, creía que estaba totalmente perdido, cuando finalmente el camino se aclaró dando paso a un campo de pinares que subí prácticamente a trote por la emoción y tras el cual logré avistar finalmente la cima de la montaña que se encontraba a una distancia más que considerable, aunque el camino estaba despejado. Vacío de fuerzas, tiré de orgullo y llegué justo con unos minutos de antelación para colocar mi cámara y guardar las energías necesarias para apretar el disparador y fotografiar los lagos al amanecer. Media tarea estaba hecha, ahora quedaba bajar y fotografiar al atardecer.

Al descender, desde la cima y ya con la luz matinal, avisté claramente el sendero que indicaban los locales y con el que habría ido de forma mucho más apacible, pero ya no importaba, mi camino me había llevado a tiempo a mi destino, luego era igualmente válido.

Mientras bajaba, me encontré con dos jóvenes nepalíes que al verme lleno de tierra y ramas, sangrando y desfondado, me llevaron a su casa para invitarme a té ante la presencia de sus padres y abuela. Cuando me preguntaron qué me había pasado y les indiqué por donde había subido, resoplaron y dijeron que estaba totalmente loco, no solo por subir a oscuras por el lado más complicado, sino especialmente porque en esa determinada montaña había un tigre famoso por aniquilar los animales de los granjeros.

Cuando mi cara se desencajó ante la noticia, me insistieron en varias ocasiones que no era un tigre demasiado grande, pero yo no podía dejar de pensar en los matorrales agitándose a unos metros de mí cada vez que me detenía o caía al suelo. ¿Sería el pequeño tigre esperando a que bajara mis brazos y convirtiera en una presa fácil? ¿Cualquier otro animal mucho más inofensivo? ¿O la imaginación de locales dotando de adrenalina a esta aventura? Nunca habrá forma de saberlo, aunque mi experiencia me dice que normalmente los locales saben lo que dicen.

El día trascurrió tratando de descansar y recuperar algo de fuerzas, aunque cuando me coloqué en posición para fotografiar el atardecer, aún estaba totalmente destrozado. Además, no tenía apenas dinero (no contaba con pasar tres días más en el país, teniendo que comprar dos billetes de autobús y pagar una noche de hostal) y casi no había comido. En ese instante, apareció una mujer de unos sesenta años con una pequeña sábana repleta de collares. Tras un par de minutos tratando de venderme sus manualidades y percatarse de que estaba ausente debido a mi estado, pasó a preguntarme sobre qué me había pasado y comenzamos a hablar e intimar. Resultó que se trataba de una mujer tibetana que no podía visitar a su familia porque China le denegaba la posibilidad de volver a su localidad natal. Así, la mujer, mientras me relataba su historia personal con rabia y lágrimas en los ojos, no dejaba de repetir a menudo, “you know? China bullshit!” (¿Sabes? ¡China es una tontería!).

Tras escuchar su historia, me introduje la mano en el bolsillo y deposité en el suelo todas las monedas y billetes que tenía, apenas llegando a cuatro dólares. La mujer, que cuando llegó me estaba pidiendo doce y quince dólares por sus collares, me dio uno de ellos indicándome que ese era el único que provenía realmente del Tíbet, pues lo hizo antes de deportarse. Tíbet. Nos despedimos con un abrazo y cuando ya se hubo ido, la mujer volvió sobre sus pasos y me dio una bolsa de frutos secos que tenía en su mochila mientras pronunciaba las últimas palabras que escucharía de ella: “como madre quiero pensar que mis hijos están sanos y salvos, así que quiero que tu madre que también te tiene lejos esté tranquila de que tú estás alimentado”.

Así nació la promesa de saldar mi deuda con esa bella mujer: Iría al Tíbet a investigar y conocer la situación así como a luchar por su gente utilizando las dos armas más poderosas que conozco, mi cámara y la verdad. Fue allí donde se forjó mi siguiente aventura, en Pokhara, fotografiando al atardecer los Lagos de la Certeza.

Actualización: Dos años más tarde, mi documental Aún Tíbet, se proyectaría por todo el mundo, ganaría el premio a la mención especial del jurado en el Festival de los Derechos Humanos de Bolivia y está siendo retransmitido actualmente en una televisión nacional estadounidense.

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